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EDITORIAL

Contención emocional

Diálogo

YAMIL DARWICH
jueves 23 de enero 2020, actualizada 7:47 am


Pasada la primera etapa del trauma padecido por lo acontecido en el Colegio Cervantes, vale la pena que continuemos insistiendo en buscar remedios.

Patricio Sánchez Luengo, psicólogo chileno de la UCC, dedica su vida profesional a encontrar alternativas para mejorar la vida escolar y ha desarrollado un manual denominado "Recomendaciones para la Contención Emocional y de Conducta", útil como herramienta de base en el manejo de la ansiedad en los niños, que viene al caso por el triste acontecimiento acaecido a principio del 2020.

Desde el inicio de su manual, Sánchez Luengo, hace la importante advertencia de diferenciar los trastornos de conducta, propiamente dichos, de los que son derivados de una discapacidad o patología psiquiátrica; presenta, como propósitos fundamentales: comprender, contener y preparar a los niños para la calma.

Describe tres etapas a identificar:

Escalamiento, previa al estallamiento emocional, que se manifiesta con signos y síntomas en los menores afectados, quienes van en camino a presentar una crisis ansiosa. Son evidencias frecuentes: ensimismamiento, pérdida de apetito y desinterés.

Continúa la desregulación, presentándose manifestaciones variadas de violencia: lanzar sillas, romper objetos, gritar, etc., representando una vía de escape ante ese estado desesperante.

Finalmente la recuperación, apareciendo la calma y fatiga.

Las posibles consecuencias del desafortunado evento, pueden ir desde dañarse a sí mismo, a las personas que le rodean y/o la destrucción de objetos.

Sánchez Luengo, habla de manifestaciones clínicas que pueden ayudar a descubrir al niño ansioso, quien puede manifestar enojo, mostrar ceño fruncido, aislamiento y callamiento, entre otros. Dado el caso, deberán ser atendidos por el familiar o maestro, mirándole directamente -no amenazante- dándole apoyo emocional, preguntándole causas, y ofreciéndole ayuda y comprensión; subraya ser amable y no lanzar amenazas, retirando personas y materiales que pueda dañar.

En la etapa de la desregulación, el menor ya ha perdido el control emocional y habrá que buscar separarlo de otros compañeros, materiales y objetos que representen riesgo. Acompañarlo, tomando medidas prudentes, tales como no gritar, intentar asirlo con fuerza y mantenerse a una distancia prudente, esperando que vuelva al estado de tranquilidad.

Es muy importante atender su dignidad, por lo que habrá que retirar a todos los posibles espectadores y darle el espacio y tiempo suficiente para que pase su estado desregularizado.

Si el tiempo de recuperación se prolonga, vale la pena evaluar la presencia de alguna persona que le sea muy cercana, querida y confiable, siempre buscando evitar daño mayor y nunca reforzar su actitud con premios, promesas ante su cambio de actitud, comida o regalos, reacciones que son altamente negativas y favorecedoras de nuevos episodios y profundización en el desequilibrio emocional.

Recomienda contar con personal capaz, cercano al lugar y tomar las medidas necesarias para evitar mayor daño personal o hasta la fuga. Si la crisis es prolongada o repetida, vale a pena buscar ayuda profesional.

El objetivo es que el niño regrese al estado de tranquilidad y serenidad, por lo que habrá que darle el tiempo necesario y hacerle sentir nuestro apoyo, animándolo, mostrándole simpatía, afectividad positiva y hasta sentimiento amoroso.

Considere que existe la probabilidad de que haya vivido un conflicto familiar; por ello, no llame de primera intención a padres o parientes de la casa, hasta poder dilucidar si existen, o no, causas originadas en el hogar.

Al llegar la etapa de recuperación, se puede interrogar al menor sobre las causas de su actitud, evitando presionarlo y si es conveniente invitarle a que regrese al aula, dándole el tiempo de recuperación que necesite. Algunos niños tardarán más que otros y quizá, algunos preferirán suspender sus actividades escolares de ese día.

El texto trata el procedimiento de la actuación durante la emergencia; sin embargo, el problema no estará resuelto y deberemos continuar dándole la atención especializada, buscando al profesional de la salud psíquica que esté capacitado para diagnosticar y tratar las causas de la ansiedad.

Debo advertir que muchos padres consideramos como difícil, si no es que creemos imposible, que tengamos ese problema con alguno de nuestros familiares menores; esa es actitud que favorece el descuido y falta de atención, que puede desencadenar un evento tan desafortunado como el que sufrimos en la comunidad lagunera.

Sé que los profesores han acudido a profesionales para definir un protocolo como el descrito por Sánchez Luengo; sin embargo, habrá que tropicalizar conceptos, enfocando nuestra realidad de laguneros, quienes vivimos condiciones que nos dan características particulares, ni mejores ni peores, solo diferentes, recordando que el trabajo empieza educando a los padres.

Es buena idea que el caso lo tome CIESLAG, que cuenta con las capacidades profesionales en sus universitarios, tomando la decisión de contribuir, encarando el problema y diseñando programas de capacitación para profesores y padres de familia de La Laguna.

¿No le parece sería acertado el apoyo de la asociación universitaria?

ydarwich@ual.mx
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